Tocó timbre, abrió la reja y esperó en el porche como siempre lo hacía. Aun retumbaba el sonido del ding dong cuando vio la puerta moverse y asomar por ella la silueta de la dueña de casa que con gesto alegre la invitó a pasar, regalándole una sonrisa amplia que dejaba ver su dentadura completa.
Se dispuso a pasar enseguida y ni bien estuvo cerrada la puerta la besó con el cariño y la necesidad propia de haberla extrañado tanto. Luego se quitó el abrigo y lo extendió en el respaldo de una de las sillas que se encontraban alrededor de una pequeña mesa de madera antigua cubierta con un mantel floreado que tapaba las imperfecciones causadas por el uso. Ambas de pie, una frente a la otra, sin decir palabra alguna comenzaron a sonreír hasta terminar en carcajada y se abrazaron con fuerza. Cuando se hubieron separado la dueña de casa indicó, con el brazo estirado y la palma de la mano hacia arriba, una silla de escritorio negra con ruedas ubicada delante de la pantalla de una computadora invitándola así a sentarse y luego se colocó en sus regaso como una niña pequeña.
Sonaba la radio de fondo, ellas simplemente se miraban. El día era perfecto, parecía que el invierno se había tomado franco y en su lugar estaba la primavera, reemplazando bajas temperaturas y cielos grises por un cálido sol que alumbraba todo el living con sus rayos entrando por la ventana y que además iluminaba por completo el lado derecho del rostro de aquella invitada. Desde su posición de mayor altura, la dueña de casa miraba el efecto que la luz solar provocaba en su hermosa compañera: sus cabellos castaños brillaban y se tornaban cobrizos, su delicada piel rosácea lucía tan fina como porcelana, los ojos extremadamente verdes y cristalinos tenían una profundidad semejante a la de un inmenso mar, y aquella boca de anchos labios comenzó a abrirse en una enorme y centelleante sonrisa de dientes perfectos y huecos en las comisuras. Su belleza natural se veía potenciada en ese instante de contemplación. Incluso percibía su perfume que de tan intenso hasta se podía ver emanando de su piel, de cada sector de su cuerpo.
La invitada rompió el silencio y la paz, que reinaban desde hacía ya varios minutos, con una risita nerviosa provocada por la leve y común incomodidad de ser minuciosamente observada.
“¿Que ves?” le dijo finalmente. Y la respuesta fue exactamente la esperada.


